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El arte de la serenidad: Herramientas para entrenar una mente en calma

La serenidad no es solo un sentimiento pasajero; desde la Terapia Cognitivo-Conductual, podemos pensarla como un repertorio de habilidades que incluye pensamientos funcionales y comportamientos orientados a la calma. Nos permite anclarnos en el aquí y ahora, otorgándonos la flexibilidad necesaria para reevaluar nuestras vivencias y elegir respuestas más adaptativas ante los estímulos del entorno.

El poder de las emociones positivas

Según la Teoría de Ampliación y Construcción de Barbara Fredrickson, la serenidad es una de las diez emociones positivas fundamentales. A diferencia de las emociones displacenteras (como la ansiedad o el miedo), que activan respuestas de supervivencia de «lucha o huida», las emociones positivas amplían nuestro foco atencional.

Al sentirnos serenos, somos más creativos y capaces de encontrar alternativas para resolver problemas. En lugar de reaccionar de forma automática, construimos recursos psicológicos y sociales que nos permiten transitar el estrés sin quedar atrapados en él.

De la «mente de mono» a la aceptación activa

Los budistas comparan nuestra mente con un mono que salta de rama en rama: del WhatsApp al mail, de Instagram a las noticias, para finalmente quedar atrapado en la rama de la rumiación o la «preocupación de turno».

Desde la psicología, sabemos que la serenidad reduce nuestras revoluciones y mejora el registro emocional. La clave no es evitar lo que sentimos, sino la aceptación radical: admitir los días de lluvia como lo que son. No intentamos que deje de llover, simplemente decidimos salir con paraguas. Solo aceptando la emoción podemos transitarla.

Un músculo que se entrena

La serenidad no es un rasgo innato, sino una capacidad adquirida que requiere autoconocimiento y, fundamentalmente, tolerancia a la frustración. Se pule a lo largo de la vida mediante el trabajo personal. Es la herramienta que nos permite vivir plenamente las alegrías y sostener con mayor entereza los dolores inevitables.

Es importante destacar que nadie puede vivir en un estado de serenidad permanente. La vida es cambio, movimiento y, a veces, conflicto. En medio de las tormentas, la serenidad es lo que nos permite esperar a que pase la ola, manteniendo el control sobre nuestra conducta aunque el entorno sea caótico.

Estrategias para cultivar tu serenidad

Aquí te comparto algunas prácticas basadas en evidencia que puedes empezar hoy:

  1. Contacto con la naturaleza: Actividades como la jardinería reducen los niveles de cortisol.
  2. Vínculo con mascotas: El contacto con animales promueve la liberación de oxitocina; acariciar a tu perro o gato es un regulador emocional inmediato.
  3. Práctica de Mindfulness: Entrenar la atención plena te ayuda a salir del modo «piloto automático». Puedes guiarte con recursos de Mindful.org.
  4. Aceptación vs. Resignación: Aceptar es reconocer la realidad para decidir qué hacer con ella; resignarse es rendirse sin actuar.

Un propósito claro

Como dice la conocida Oración de la Serenidad: «Concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las que sí puedo y la sabiduría para reconocer la diferencia».

La serenidad es, en definitiva, reflexión con acción: pasar del desorden al propósito.


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