El peso de tener ser resiliente

Estoy cansada de ser resiliente. Me felicitan por ser resiliente y me alegro.Pero, debo confesarlo: a veces me canso de serlo.Sí, me agoto.Y entonces me pregunto:¿Tengo alternativa?¿Es optativo?¿Y si no soy resiliente, qué pasa?
Desde la psicología sabemos que la resiliencia es la capacidad de adaptarnos a situaciones adversas, reorganizando nuestros recursos internos para seguir funcionando de la mejor manera posible. En términos cognitivo-conductuales, implica flexibilidad cognitiva: la capacidad de revisar, cuestionar y reformular pensamientos para que sean más ajustados a la realidad y más funcionales.
La resiliencia necesita recargarse.
Ahora,atentos.La resiliencia no es una reserva infinita. Esa flexibilidad cognitiva que nos permite reestructurar pensamientos, reinterpretar circunstancias y generar respuestas más adaptativas requiere un esfuerzo mental constante. Implica detectar distorsiones, modificar creencias rígidas, tolerar la incertidumbre, aceptar pérdidas y redefinir expectativas. Y todo eso consume energía psíquica.
Cuando las demandas de adaptación se sostienen durante largos períodos, puede aparecer lo que denominamos fatiga de adaptación. No es falta de voluntad. No es debilidad. Es agotamiento de los recursos cognitivos y emocionales.
Fatiga de adaptacion
Y muchas veces el entorno, sin mala intención, refuerza la exigencia:“Tenés que poder.”“Has superado cosas peores. “De esta salís.”Frases que buscan alentar, pero que pueden transformar la resiliencia en una obligación. Como si no hubiera margen para el cansancio.Ser resiliente no significa no sufrir.No significa no tener miedo.No significa no equivocarse.Y tampoco significa siempre poder.A veces significa decir: acá me corro.
Señales del agotamiento de la resiliencia

Cuando nuestra resiliencia está al límite, el cuerpo y la mente nos avisan. Se enciende una luz amarilla. Aparecen el cansancio físico persistente, las dificultades para dormir, las alteraciones en el apetito, la irritabilidad o la pérdida de interés por actividades que antes nos resultaban gratificantes. Disminuye la capacidad de disfrute. Todo se vuelve más demandante.
Escuchar estas señales no es fracasar. Es autorregularse.
Desde una perspectiva cognitivo-conductual, reconocer el límite implica identificar pensamientos del tipo “debo poder con todo” o “si me detengo estoy fallando” y cuestionarlos. ¿Son realistas? ¿Son funcionales? ¿O están aumentando la autoexigencia y el desgaste?
La resiliencia no es una línea recta y ascendente. Tiene valles, pausas y descansos necesarios. Tiene momentos de avance y momentos de repliegue. Ambos forman parte del proceso adaptativo.
Qué hacer…
Si sentís que ya no podés más, recordá que la resiliencia es como un tanque de nafta: necesita recargarse, chequear filtros, usar combustible de buena calidad. No alcanza con exigirle que siga funcionando.
Entonces:Aceptá el cansancio. Respetá tu agotamiento.Convalidá lo que sentís.Reconocé que es esperable después de todo lo que has venido viviendo —y muchas veces sosteniendo—.Identificá qué batallas necesitás pelear hoy y cuáles pueden esperar. No todas son urgentes. No todas merecen tu energía ahora.
Para cerrar,
Ser resiliente no implica no cansarse.Ser resiliente consiste en reformular las circunstancias para adaptarse de la mejor manera posible a los desafíos que nos presenta la vida.Y a veces, el acto más resiliente que podés hacer es reconocer que estás cansado y permitirte, por un momento, descansar.
Porque adaptarse no es endurecerse.Es aprender cuándo avanzar… y cuándo detenerse para recuperar fuerzas.
